Por Facundo Di Cuollo
Según contó Mick Jagger en una entrevista con Conan O’Brien, John Lennon le dijo una vez: «Nunca deberías conocer a tus héroes. Si yo fuera vos, Mick, no conocería a Elvis».
La idea no deja de ser
reveladora, tal vez por lo sencilla. Algo parecido afirma el narrador de Madame
Bovary, de Gustave Flaubert, en el capítulo VI de la tercera parte, cuando
Emma empieza a desilusionarse de León: «No hay que tocar a los ídolos: el
dorado se queda en las manos».
Al acercarnos a quienes
idealizamos, corremos el riesgo de que se desprenda el brillo con que los
habíamos revestido.
Pero yo siempre quise conocer a
Charly García. Siempre quise conocerlo en persona, porque en realidad lo conocí
a los cinco años, sentado frente a un tocadiscos, escuchando Vida, un
vinilo heredado de mi madre, quien durante su adolescencia escuchaba a la
mayoría de las bandas de rock progresivo nacional de los años setenta. Entre
esas bandas estaba Sui Generis, con esos dos muchachos de pelo largo,
altos y flacos, sentados en esa terraza de casas bajas en blanco y negro, y
esas voces agudas que hacían equilibrio sobre una guitarra y un piano de cola
que ocupaban toda la atmósfera. Me gustaba escuchar «Necesito», incluso más que
«Canción para mi muerte».
No es difícil hacerse fan o
devoto de Charly García una vez que uno comprende su lenguaje y se da cuenta de
que ve lo que algunos vemos, pero casi ninguno de nosotros puede expresar. Creo
que yo lo entendí jugando, y por eso nunca me lo olvidé. Charly siempre tiene
la letra, la música y el silencio. Ese es su superpoder.
La noche que conocí a Charly
García fue una noche inesperada que sucedió durante el fin de la primavera del
año 2013, en el partido de San Martín. A Charly le otorgaban el doctorado honoris
causa en la Universidad Nacional de San Martín, y nos habían invitado a
cubrir el evento como prensa para Lo Menos Pensado, el programa radial
que conducía con Pablo Núñez, mi amigo, hermano y colega de las ondas
radiofónicas. Hicimos las gestiones necesarias para ingresar, aunque el jefe de
prensa ya nos había advertido que no se podía hablar con Charly, que no iba a
dar entrevistas esa noche.
El programa indicaba que, con la
conducción de Lalo Mir, recibiría el título y tocaría tres o cuatro temas para
el auditorio. Después terminaría el evento para el público. Para Charly, los
músicos y algunos allegados, la noche continuaría en el salón de usos múltiples
de la universidad, devenido en salón VIP.
Charly recibió el merecido
reconocimiento y tocó «Canción para mi muerte», «Los dinosaurios», «Desarma y sangra» y «Vos también estabas verde». Sobrevolaba la atmósfera del auditorio
su frescura de espíritu, mezclada con el cansancio noble de los que dijeron
siempre lo que había que decir, de los que cargaron en el cuerpo el peso de las
palabras durante los años más oscuros y silenciosos de la historia argentina
reciente. Lo escuché con todos los sentidos, como siempre lo escucho, pero una
parte de mi atención seguía puesta en la posibilidad de conocerlo.
Y aunque sabía que «Charly no iba
a dar entrevistas esa noche», esperé al costado del escenario, del lado opuesto
al que estaba ubicado el resto de la prensa, que seguramente también iba a
intentar hablar con él, robarle una palabra. Tuve un pálpito y lo seguí.
Recordaba los juegos que les hacía a los periodistas después de algunos
recitales, a fines de los años noventa, cuando salía por el lado opuesto al que
lo estaban esperando.
Charly pasó, acompañado por sus
guardaespaldas, prácticamente por delante de mí. Evité la embestida y me
acomodé casi detrás de él. Hasta el auto que lo llevaría al VIP quedaban por lo
menos diez metros.
Por aquella época solíamos
preguntarles a nuestros entrevistados, como última pregunta, qué era para ellos
«lo menos pensado». Cerrábamos así las entrevistas, con un juego de palabras
que refería al nombre de nuestro programa radial. Antes de que recorriéramos la
mitad del trayecto, pensé en hacerle esa pregunta. Me abrí paso entre el
aluvión de gente y le pregunté:
«Charly, ¿qué es para vos “lo
menos pensado”?».
Como si ya nos conociéramos, giró
la cabeza, me miró, hizo silencio durante un segundo entre la horda de gente y
dijo:
«Lo surrealista».
Charly siempre tiene la letra, la
música y el silencio. Ese es su superpoder.
Confieso ahora que el sabor a
victoria guardaba también un dejo amargo. Había podido hacerle una pregunta, sí,
pero no lo había conocido personalmente. No de persona a persona, como yo
quería. No como Lennon le había dicho a Jagger que no tenía que conocer a
Elvis.
Pero, por esas cosas
inexplicables del destino y una gestión insistente y poco diplomática aunque
efectiva de mi coequiper, pudimos finalmente ingresar al salón VIP en el que se
encontraban músicos y allegados de Charly. Era un salón vidriado obscenamente
grande, lleno de mozos con bandejas que pasaban ofreciendo canapés y copas de
vino tinto para acompañar la velada. Tomamos una copa y un bocado con absoluta
naturalidad, incluso entablando charla con músicos y gente del ambiente con
quienes jamás pensé coincidir una noche de diciembre en una universidad pública
enorme y perdida en lo profundo del conurbano.
Desde antes de entrar sabía que
sucedería. Sin mediar palabra me acerqué, con una copa enorme de vino en la
mano, parapetándome entre músicos, artistas y curiosos. Lo encontré sentado en
el centro de una ronda de sillas prolijamente desordenadas. Me paré a su lado
sin titubear, aunque cuidando la distancia y la altura: no quería invadirlo ni
mucho menos colocarme por encima de él.
Charly me miró mientras se
incorporaba. Quedamos de pie, uno al lado del otro. Yo sabía que él era algunos
centímetros más alto que yo. Disfruté de ese silencio durante poco más de dos
segundos y, sin dejar de mirarlo, le dije lo primero que me salió, sin pensar:
«Gracias, Charly, sos un genio».
Charly asintió con la cabeza y me
respondió, sin dejar tampoco de mirarme, como si ya me conociera:
«Ya lo sé».
Muchísimos años después de su
conversación con John Lennon, Mick Jagger confesó que Lennon le había relatado
varias veces su encuentro con Elvis Presley y que eso terminó quitándole las
ganas de conocerlo. Había preferido conservar la imagen ideal de Elvis que
tenía en su cabeza, en sus canciones, sin exponerse a que el encuentro la
destruyera.
Al recordar su decisión, dijo:
«Fue realmente estúpido de mi
parte».
Aquella noche de diciembre fue la
noche que conocí a Charly García.
