viernes, 23 de octubre de 2026

La noche que conocí a Charly García

Por Facundo Di Cuollo

Según contó Mick Jagger en una entrevista con Conan O’Brien, John Lennon le dijo una vez: «Nunca deberías conocer a tus héroes. Si yo fuera vos, Mick, no conocería a Elvis».

La idea no deja de ser reveladora, tal vez por lo sencilla. Algo parecido afirma el narrador de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, en el capítulo VI de la tercera parte, cuando Emma empieza a desilusionarse de León: «No hay que tocar a los ídolos: el dorado se queda en las manos».

Al acercarnos a quienes idealizamos, corremos el riesgo de que se desprenda el brillo con que los habíamos revestido.

Pero yo siempre quise conocer a Charly García. Siempre quise conocerlo en persona, porque en realidad lo conocí a los cinco años, sentado frente a un tocadiscos, escuchando Vida, un vinilo heredado de mi madre, quien durante su adolescencia escuchaba a la mayoría de las bandas de rock progresivo nacional de los años setenta. Entre esas bandas estaba Sui Generis, con esos dos muchachos de pelo largo, altos y flacos, sentados en esa terraza de casas bajas en blanco y negro, y esas voces agudas que hacían equilibrio sobre una guitarra y un piano de cola que ocupaban toda la atmósfera. Me gustaba escuchar «Necesito», incluso más que «Canción para mi muerte».

No es difícil hacerse fan o devoto de Charly García una vez que uno comprende su lenguaje y se da cuenta de que ve lo que algunos vemos, pero casi ninguno de nosotros puede expresar. Creo que yo lo entendí jugando, y por eso nunca me lo olvidé. Charly siempre tiene la letra, la música y el silencio. Ese es su superpoder.

La noche que conocí a Charly García fue una noche inesperada que sucedió durante el fin de la primavera del año 2013, en el partido de San Martín. A Charly le otorgaban el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de San Martín, y nos habían invitado a cubrir el evento como prensa para Lo Menos Pensado, el programa radial que conducía con Pablo Núñez, mi amigo, hermano y colega de las ondas radiofónicas. Hicimos las gestiones necesarias para ingresar, aunque el jefe de prensa ya nos había advertido que no se podía hablar con Charly, que no iba a dar entrevistas esa noche.

El programa indicaba que, con la conducción de Lalo Mir, recibiría el título y tocaría tres o cuatro temas para el auditorio. Después terminaría el evento para el público. Para Charly, los músicos y algunos allegados, la noche continuaría en el salón de usos múltiples de la universidad, devenido en salón VIP.

Charly recibió el merecido reconocimiento y tocó «Canción para mi muerte», «Los dinosaurios», «Desarma y sangra» y «Vos también estabas verde». Sobrevolaba la atmósfera del auditorio su frescura de espíritu, mezclada con el cansancio noble de los que dijeron siempre lo que había que decir, de los que cargaron en el cuerpo el peso de las palabras durante los años más oscuros y silenciosos de la historia argentina reciente. Lo escuché con todos los sentidos, como siempre lo escucho, pero una parte de mi atención seguía puesta en la posibilidad de conocerlo.

Y aunque sabía que «Charly no iba a dar entrevistas esa noche», esperé al costado del escenario, del lado opuesto al que estaba ubicado el resto de la prensa, que seguramente también iba a intentar hablar con él, robarle una palabra. Tuve un pálpito y lo seguí. Recordaba los juegos que les hacía a los periodistas después de algunos recitales, a fines de los años noventa, cuando salía por el lado opuesto al que lo estaban esperando.

Charly pasó, acompañado por sus guardaespaldas, prácticamente por delante de mí. Evité la embestida y me acomodé casi detrás de él. Hasta el auto que lo llevaría al VIP quedaban por lo menos diez metros.

Por aquella época solíamos preguntarles a nuestros entrevistados, como última pregunta, qué era para ellos «lo menos pensado». Cerrábamos así las entrevistas, con un juego de palabras que refería al nombre de nuestro programa radial. Antes de que recorriéramos la mitad del trayecto, pensé en hacerle esa pregunta. Me abrí paso entre el aluvión de gente y le pregunté:

«Charly, ¿qué es para vos “lo menos pensado”?».

Como si ya nos conociéramos, giró la cabeza, me miró, hizo silencio durante un segundo entre la horda de gente y dijo:

«Lo surrealista».

Charly siempre tiene la letra, la música y el silencio. Ese es su superpoder.

Confieso ahora que el sabor a victoria guardaba también un dejo amargo. Había podido hacerle una pregunta, sí, pero no lo había conocido personalmente. No de persona a persona, como yo quería. No como Lennon le había dicho a Jagger que no tenía que conocer a Elvis.

Pero, por esas cosas inexplicables del destino y una gestión insistente y poco diplomática aunque efectiva de mi coequiper, pudimos finalmente ingresar al salón VIP en el que se encontraban músicos y allegados de Charly. Era un salón vidriado obscenamente grande, lleno de mozos con bandejas que pasaban ofreciendo canapés y copas de vino tinto para acompañar la velada. Tomamos una copa y un bocado con absoluta naturalidad, incluso entablando charla con músicos y gente del ambiente con quienes jamás pensé coincidir una noche de diciembre en una universidad pública enorme y perdida en lo profundo del conurbano.

Desde antes de entrar sabía que sucedería. Sin mediar palabra me acerqué, con una copa enorme de vino en la mano, parapetándome entre músicos, artistas y curiosos. Lo encontré sentado en el centro de una ronda de sillas prolijamente desordenadas. Me paré a su lado sin titubear, aunque cuidando la distancia y la altura: no quería invadirlo ni mucho menos colocarme por encima de él.

Charly me miró mientras se incorporaba. Quedamos de pie, uno al lado del otro. Yo sabía que él era algunos centímetros más alto que yo. Disfruté de ese silencio durante poco más de dos segundos y, sin dejar de mirarlo, le dije lo primero que me salió, sin pensar:

«Gracias, Charly, sos un genio».

Charly asintió con la cabeza y me respondió, sin dejar tampoco de mirarme, como si ya me conociera:

«Ya lo sé».

Muchísimos años después de su conversación con John Lennon, Mick Jagger confesó que Lennon le había relatado varias veces su encuentro con Elvis Presley y que eso terminó quitándole las ganas de conocerlo. Había preferido conservar la imagen ideal de Elvis que tenía en su cabeza, en sus canciones, sin exponerse a que el encuentro la destruyera.

Al recordar su decisión, dijo:

«Fue realmente estúpido de mi parte».

Aquella noche de diciembre fue la noche que conocí a Charly García.

Y su brillo hoy, como una brizna de oro, todavía me salpica.

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