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miércoles, 11 de enero de 2017

Cuerpos que no importan, muertes deseables



Cuerpos que importan. Cuerpos que valen la pena. Cuerpos invisibilizados. Cuerpos funcionales. Cuerpos indeseables.

Los discursos políticos hegemónicos parecerían no tener intenciones de innovarse. Frente a situaciones de conflictividad social, se ponen en juego recursos utilizados en momentos similares. Instados y reactualizados, los mecanismos que se activan no son casuales.

Tiempo atrás, ni bien entrada la gestión “Cambiemos”, se apuntó a la estigmatización de la inmigración limítrofe, esta vez desde los cargos económicos que generan en nuestras universidades públicas. Argumentos sin sustento teórico ni datos certeros, se articulaban en discursos mediáticos cargados de prejuicios.

Sabíamos que sucedería. Tarde o temprano. Vendrían discursivamente también por los pibes y sus cuerpos.

En primera instancia, nos posicionaremos desde lo discursivo de la cuestión,  para sí luego dar cuenta de una materialidad que ya aborda trágicamente esos cuerpos: los cuerpos de los pibes en los barrios. Como punta del iceberg que se hace visible a partir de los medios de comunicación, recorremos la búsqueda de  solución a futuro en las consecuencias de la intemperie provocada por políticas excluyentes en el pasado.

El motivo de la avanzada -en esta oportunidad- fue el caso de Brian, el “niño” de 15 asesinado por el “El Brian” de 16 en el Barrio de Flores, el pasado 24 de diciembre (el trato discursivo hacia los dos Brians merece un artículo aparte).

Imposible negar el dolor que nos provoca la violencia que implica esa muerte. Mucho menos invisibilizar el pedido de justicia de la familia. Pero más allá, hay mucho. Que en los barrios es un más acá. Que implica también vidas y cuerpos, pero que en estos casos poco importan.

Sabemos (no es novedad) que hay vidas que valen más que otras. Vidas que existen y vidas que no. En el plano simbólico, pero también en el material. En nuestras condiciones reales de existencia y en cómo ellas se reproducen en otros planos, mediáticos o de viralización en las redes sociales.

Poco importa la vida del adulto joven, de “El Brian”. Poco importa su trayectoria, su derrotero social. Solo importa el suceso final y de público conocimiento que lo transforma tan solo en un cuerpo que molesta, en una vida que no importa. Con la que no sabe qué hacerse.

Claro está: Si “El Brian” fuera mayor de 18 años, la discusión mediática rondaría sobre las aristas de la pena de muerte. Pero no. “El Brian” es un pibe. Y eso jode más, porque la cuestión pasa sobre cómo volver digerible la certeza de que no se sabe qué hacer con la situación, o más bien de que poco les importa a los sectores de poder que nos gobiernan.

Diversos análisis críticos nos dan cuenta de la falta de consistencia en los proyectos que sostienen la necesidad de la baja en la edad de imputabilidad. No es que desconfiemos de las “nobles” intenciones de nuestra dirigencia política con claros intereses de clase. Sostenemos que estos mecanismos penales criminalizan y estigmatizan a los sectores menos favorecidos en términos económicos.

Si la consigna “Ningún pibe nace chorro” no dice nada para algunos, tal vez sí lo hagan los datos duros de los que tanto gustan ciertos sectores sociales. Recientemente, Martin Granovsky, en una nota para Página 12, deconstruyó estadísticas brindadas por el Consejo de la Magistratura del Poder de La Nación en su informe sobre homicidios ocurridos durante el año 2014. El nombre del articulo es elocuente: “Casi no hay chicos que matan”.

“(…) la sociedad no puede mejorar bajando la edad por el simple hecho de que los delitos graves cometidos por la franja de entre 16 y 14 años no pasan del cinco por ciento del total”[1]
Si la lectura ideológica crítica al sistema sobre la necesidad de la modificación del sistema punitivo no es suficiente, las estadísticas nos hablan de una respuesta que poco abarca la problemática de manera integral.

La cuestión no estaría pasando por la preocupación de qué hacer con los pibes en extrema situación de vulnerabilidad social que terminan delinquiendo. La cuestión pasa por dar una solución rápida que contenga la indignación social vociferada incansablemente desde los mass media y los portadores periodísticos del discurso hegemónico. Pero los números hablan por sí solos. Por más que dicha “solución” fuera exitosa, solo se podría ir contra un 5% de los delitos graves.

En este sentido, bajar la edad de imputabilidad, generaría a su vez una nueva caza de brujas que legitimaría mayor presencia de seguridad. Presencia que por demás ya ha demostrado poca eficiencia en sus objetivos fundacionales. Analizando la cuestión desde la propia óptica de los sectores de poder, ni siquiera la sobre-estimulación del monopolio de la coacción física estaría funcionando. Las Naciones Unidas “recomiendan” 300 policías cada 100.000 habitantes. En Argentina, elevamos el promedio a 500/100.000 h. (Esto sin mencionar prefectos, ni gendarmes, ni la situación especifica de la Ciudad de Buenos Aires con la presencia de la nueva policía que elevaría esta relación a 852 agentes de seguridad cada 100.000 habitantes).

En resumidas cuentas, se interpela negativamente a los cuerpos de los pibes como chivos expiatorios desde un llamado a un mayor control social en un contexto de ajuste que se da en paralelo con el desmantelamiento de proyectos educativos y de contención social. (Podría pensarse conceptualmente la reflexividad de dicha cuestión en lo que Rodolfo Walsh denominó en el marco de su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” como la gestión eficiente de una “miseria planificada”)

En el comienzo del artículo, disociábamos la cuestión sobre los cuerpos de los pibes en dos dimensiones: una discursiva y otra material. Obviamente, estas se retroalimentan, construyéndose dialécticamente. Pero vale la pena ver cómo se van conjugando.

Al menos en principio, nos estamos moviendo coyunturalmente en un plano discursivo. De aquí a que se llegue a la baja de la imputabilidad, sucederán miles de debates televisivos, discusiones en redes sociales y es esperable un debate parlamentario. Es decir, de aquí a que se convierta en una realidad fáctica, nos seguiremos moviendo en un campo de lucha pseudo argumentativa. Sin embargo, lo que pretendemos desde aquí visibilizar es que mientras esto sucede al reactivarse la discusión, otras cosas vienen sucediendo con y en estos cuerpos que molestan.

Si hay cuerpos (vidas) que no importan, sería coherente que la muerte de esos cuerpos carezcan de relevancia social – mediática. En un punto, hay determinadas muertes que se convierten hasta en deseables. El decir “Uno Menos” cuando cae un “pibe chorro” se vuelve el dicho que esto materializa.

En este complejo escenario sociopolítico, los cuerpos de la franja marginal sub-16 parecerían debatirse entre otro camino más que se abre a su vertiginoso andar. El gatillo fácil[2] ya los tiene marcados, como hoy los medios masivos de comunicación.

La Coordinadora Contra La Represión Policial e Institucional (CORREPI) registra los siguientes datos en cuanto a personas asesinadas por el aparato represivo estatal en el último año:

“La gestión inaugurada el 10/12/2015, ha superado, antes de cumplir un año, las expectativas más negativas. Con 241 casos en 2016, más 18 entre el 11 y el 31 de diciembre, el gobierno de Cambiemos totaliza 259 casos, a los que habrá que sumar los que se produzcan en lo que queda del año, y los que todavía no hemos llegado a conocer (es habitual que los datos de un 25% o más de los casos del año en curso nos lleguen después del fin de año).” [3]
En esta línea, CORREPI sostiene que las dos modalidades más frecuentes de la represión policial orientada al control social son: los fusilamientos de gatillo fácil (46% ) y las muertes de personas detenidas (39%).

Si ponemos en diálogo – tensión la discusión por la baja en la edad de imputabilidad judicial de los menores y sopesamos la cantidad de casos registrados de ilícitos por esta franja etaria en contraste con las estadísticas por edad de las víctimas de violencia institucional, concluimos en esto que venimos mencionando. Discursivamente, hay cuerpos que no importan. Fácticamente, hay muertes deseables e invisibilidades, salvo pocas excepciones donde la lucha de familiares y amigos logra romper el cerco mediático:

“El 51% de los casos en los que se conoce la edad exacta o aproximada de la víctima, corresponde a personas de 25 años o menos.
El 49% de los crímenes corresponde al segmento de entre 15 y 25 años. Si se suman los de menos de 35, se llega al 86% del total, aún cuando en un 10% de los casos se ignora la edad exacta.”[4]

La muerte no del todo aleatoria como forma de eliminar a  los “otros”. Otros que son jóvenes y marginales. Otros que tienen un reconocimiento legal, pero que aún continúan en un ámbito de no reconocimiento que deviene en precariedad de la vida y claramente en cuerpos que no importan más que en notas de color o como actantes concluyentes en el proceso de “estigmatización”. Un otro que ya no es el subversivo de los ‘70. Es un otro que amenaza y subvierte al orden con su sola presencia, ya sea por miedos justificados por la inseguridad, por temores de clase o por una inclusión social que siempre es a medias y no se sabe nunca cómo volver totalidad.

La imprevisibilidad ante la muerte no implica una falta de configuración de procesos sociales de producción de muertes. Hay una lógica que se repite en forma constante. El primer paso es la estigmatización a través de la construcción de estereotipos y prejuicios. Seguido esto -casi inadvertidamente- por un aislamiento de aquellos a quienes se pretende negativizar desde la subjetividad. Aquí no hablamos de la conformación de ghettos, aunque territorialmente podemos hablar de una segregación espacial. Hablamos de la anulación de redes que permitan saltar profecías autocumplidas de pobreza – delincuencia. Proyectos educativos de diversa naturaleza que no tienen que ver exclusivamente con la dimensión escolar. A esta construcción puede o no llegar la desaparición física y su correspondiente justificación (“el que mata tiene que morir” o el ya mencionado “uno menos”). Hay muertes que se justifican. Muertes amoralmente deseables.

Finalmente, se producirá la invisibilización de los casos con la complicidad de los medios hegemónicos de comunicación.

El proceso de construcción – deconstrucción de estos otros cuerpos y vidas, no puede entenderse por fuera de este círculo. Se apunta solo a profundizar la estigmatización de los pibes de zonas marginales sosteniendo discursivamente algo que ya sabemos, y que los pibes mismos saben. La violencia institucional en general y el gatillo fácil en particular los condena constantemente. La marginalidad los marca de entrada. Los debates por la baja en la edad de imputabilidad judicial los interpela desde la negatividad de lo que se cree que son, en momentos coyunturales específicos.

Los pibes son entonces los “perejiles” de este sistema que los condena a muerte.

¿Se los va a seguir haciendo cargo de la totalidad del espectro de delitos graves de los cuales no participan más que en una ínfima proporción? ¿Seguirán siendo la excusa y el chivo expiatorio para militarizar los barrios con los diferentes colores de las diversas fuerzas de seguridad que no hacen más que ensuciar la cancha y alimentar constantemente la infatigable maquinaria de represión social?

En suma: Si durante el curso del mismo año se registra un joven muerto cada menos de treinta horas a manos de la policía y fuerzas de seguridad[5]; y, en cambio, los delitos graves cometidos durante ese mismo año por la franja etaria de entre 16 y 14 años no pasan del cinco por ciento del total de casos y sólo cinco de esos casos concluyen en homicidios intencionales[6], (en un marco de proyección de una presencia de agentes de seguridad un 200% mayor a lo que se recomienda por parte de organismos internacionales) ¿no deberíamos entonces –en un victorioso exceso de racionalidad- proponernos una reformulación de la óptica ideológica mediante la cual analizamos la violencia social y su lógica de causa/consecuencia?

¿No deberíamos, tal vez, comprender que el reclamo de “mayor seguridad” instaurado a lo bonzo desde los medios masivos de comunicación utilizando la gorrita del “pibe chorro” como nefasto símbolo paradigmático, sólo nos genera socialmente un síndrome de Estocolmo del cual resulta cada vez más difícil escapar, y que se alimenta compulsivamente con cada nueva oleada de hordas policiales que ese reclamo de “mayor seguridad” justifica y consolida?

No, mejor no.

Encontramos al perejil. Que ya lo teníamos ahí, siempre a nuestra disposición en el agite mediático de cada día.

Total, ¿quién va a llorar por ellos? ¿Qué costo político y moral vamos a pagar?

Ellos lo saben. Los pibes también. Y eso vuelve más vulnerable la cuestión:

Hay cuerpos que no importan. Hay muertes deseables.



Nota Editorial para el programa radial “Lo Menos Pensado”.
(Lunes de 21 a 24 hs por www.radiobarbarie.com.ar)






[2] La expresión «gatillo fácil» fue acuñada por diversos organismos de DDHH, principalmente por la CORREPI y alude concretamente a una ejecución extrajudicial. Las organizaciones de DDHH comprenden en la expresión a toda muerte o daño grave provocado por un uniformado en forma ilegal, se utilice en el mismo armas de fuego o no. «La pena de muerte extrajudicial aplicada por verdugo de uniforme»,
tal es el nombre formal del gatillo fácil. Tiene una función distinta que la represión dictatorial. Se trata de efectuar una represión preventiva destinada a un control social más que al castigo de faltas o infracciones a la ley, y para ello el Estado moderno faculta a la policía y a otras agencias de seguridad. (En “Un discurso para el gatillo fácil” de Gabriel Sarfati)

[3] CORREPI, Recopilación de casos de personas asesinadas por el aparato represivo del estado 1983/2016: http://correpi.lahaine.org/?p=1847 

[4] Correpi, Recopilación de casos de personas asesinadas por el aparato represivo del estado 1983/2016: http://correpi.lahaine.org/?p=1847 

[5] CORREPI, Recopilación de casos de personas asesinadas por el aparato represivo del estado 1983/2016: http://correpi.lahaine.org/?p=1588

[6] Consejo de la Magistratura, Informe sobre homicidios, 2014: http://consejomagistratura.gov.ar/images/stories/Homicidios-2014.pdf

miércoles, 27 de agosto de 2014

Sabrina

- ¿Todo bien, Sabrina? -le pregunté el sábado a las 14 hs, palmeándole el hombro, suavemente. 

- Todo bien, Profe -me sonrió con toda la boca abierta.

Aquel sábado por la tarde, Sabrina estaba encargada de manejar el dinero en un festival de cine a beneficio de los alumnos que viajarían a Mar del Plata para participar de las Olimpíadas de Matemática. (Más tarde, L. me comentó que ella estaba infinitamente contenta, por la responsabilidad que acarreaba la tarea que se le había asignado)

El lunes siguiente, a las 9.44 am, Sabrina tenía una bala alojada en su corazón. Algunas personas son así, reciben todo con el corazón, sin importar de quién, ni de dónde provenga.
La bala provenía de afuera. La bala provenía de la calle, de la policía, más precisamente, que jugaba al far west con unos ladrones armados con pistolas de rayo láser y armas de última generación, por eso debía ser que disparaba tanto.

Nadie supo que Sabrina tenía una bala alojada en su corazón (o en su pulmón izquierdo, nada importa, ya) hasta que la revisaron en la Sala de Auxilio Vecinal. Dejó su sangre en el colegio, Sabrina. Dejó la sangre de su corazón. Siempre creí que lo más valioso que uno tiene, y que uno puede dejar a los demás, el sacrificio máximo, es su propia sangre.

Me avisó C. de lo acontecido cerca de las 11.45 am, justo en el momento en que los medios empezaban a mostrar lo sucedido, mezclando nombres de un colegio con imágenes ilustrativas de otro. Delicias de vivir en el Conurbano Bonaerense. Deduje lo peor, entonces. En ese mismo instante, hablé con P. y me lo confirmó: “Imaginate el peor de los escenarios. Bueno, ése.”

Habían llamado al SAME, después de lo del balazo. Pero el SAME no llegaba, y Sabrina escupía sangre y casi no respiraba. Y., quien trataba fervientemente de reanimarla, la cargó en la camioneta. P. la acompañó, junto con M. L. La llevaron a la Sala de Auxilio Vecinal. El SAME se acopló después allí.

En menos de quince minutos estaba en la Sala de Auxilio Vecinal. No me tocaba estar ese día en el colegio, por eso no estaba allí desde antes. Sospecho, ahora, que muchos no debíamos estar ahí ese lunes. El frío era intenso, inmenso, y la llovizna azotaba en el pecho como un látigo de hielo.

Me volví para el colegio, que queda a cuatro cuadras de la Sala, a buscar la mochila de P, que se comportaba casi como un héroe a medida que las horas corrían en su arena y la tensión se acrecentaba. Cinco, seis camionetas-móviles de medios televisivos se apostaban alrededor del colegio, que como colmena atraía a las moscas que debían ser abejas. Me saqué de encima a varios de esos fabricantes de indignación. Hablé con M. L, que tenía los ojos llorosos y me decía que era una desgracia, que había llegado la Inspectora y lo único que pedía eran papeles. “Papeles, siempre papeles”, me quedó resonando como un eco involuntario.

En el patio cubierto estaba un rectángulo delimitado con una cinta de peligro alrededor de un par de sillas, y en el patio descubierto, casi al pie de la escalera, debajo del techito, había delimitado otro rectángulo similar. Mucha gente caminaba por allí dentro, muchos policías bonaerenses vestidos de negro muerte se paseaban por el escenario, convulsionados y nerviosos. Crucé la mirada con uno. Nos dijimos todo sin decirlo. Las cosas más graves y directas suelen decirse sin palabras, con el silencio (Más tarde en la tarde, cuando la tarde moría, volvería a cruzármelo, a causa de un pedido insólito que luego detallaré oportunamente)

En mi convulsionado regreso a la Sala, luego de esquivar infinidad de moscas que me observaban restos de miel y se me abalanzaban (me comentaron que, antes de que yo llegara al colegio, sacaron a una a los empujones por volar por donde no debía), la escena presentaba a P. cubriendo heroicamente la puerta detrás de la cual descansaba el inmaculado cuerpo de Sabrina junto a algunos de sus familiares, los que desgraciadamente ya se habían enterado.

De un lado, Sabrina. Del otro, la Policía Científica Bonaerense vestida de negro muerte. En el medio, casi bajo el umbral de la puerta, P. impidiendo el paso. Al instante se sumó S, simulando ser abogado o algo por el estilo. Y también me sumé yo, que recién llegaba con la mochila al hombro, a cada momento más pesada. “Hace falta el oficio judicial. Sin oficio, yo no te puedo dejar pasar”, le decía P, enardecido e inexorable. “Es urgente que nos la llevemos, Señor, el oficio se lo puedo alcanzar después..”, ensayaba el oscuro bonaerense, sin saber con quién estaba hablando. El final de aquella conversación, en palabras de P, fue lapidario: “No, no te puedo dejar pasar, ¿y sabés por qué? Porque no se me canta dejarte pasar. No vuelvas a hablarme hasta que no vengas con el oficio”

Las cartas estaban echadas, ya. Un arroyo de serpientes corría por debajo de la superficie de la sala. Más temprano había estado el intendente. Sabrina era lo más importante, ahora. Todo acto engendra sus consecuencias. El intendente dejó encargados a dos agentes civiles de Seguridad Ciudadana (que “sólo molestaban”, según un oficial de la Bonaerense vestido de negro muerte), y que al instante se sumaron a la lucha de P, que también era la mía. La nuestra. A eso de las 12.30 apareció V, el Jefe de los gendarmes, con el pulso acelerado y la tonada correntina inevitable. “Acá no pasa nadie, se espera hasta que venga el Fiscal”, les dijo a tres gendarmes que tenían prohibida la palabra, pero utilizaban a la perfección el lenguaje de sus rostros. Los tres gendarmes (mujer – hombre – mujer) se apostaron frente a la puerta que protegía el acceso a la habitación donde Sabrina descansaba.

Eran las 13 hs, y P. aún permanecía ensangrentado. Tenía manchado el pantalón casi en su totalidad, un poco la camisa y algo la cara, la frente y las manos. Le había hecho maniobras de resucitación a Sabrina, antes de que supiera que tenía una bala alojada en su corazón. “Me voy a cambiar”, dijo. Me miró. “Andá tranquilo, yo me quedo”, le sugerí con la mirada. Me paré al lado del trío de gendarmes, que parecía que iban a decir algo que finalmente nunca decían, ni dijeron. Al lado mío había un tipo vestido de azul, con ojos grandes, y con una libretita que le sobresalía del bolsillo. Se había juntado más gente en el lugar, los familiares de Sabrina se iban enterando y venían a la Sala a velar por ella. Mientras tanto, una enfermera rubia, exuberante y de rulos (probablemente del SAME), subía y bajaba de la camioneta de la Policía Científica Bonaerense. El tipo de azul y ojos grandes se me acercó: “Perdón, ¿usted quién es?”, me interrogó sin más ni más, en voz baja pero determinante y poco amigable. “¿Para qué quiere saber eso? Usted debería decirme quién es, primero.”, le respondí sin pensar demasiado. El tipo de azul y ojos grandes, parecido a Michael Moore, giró la cabeza, miró hacia afuera y no me respondió. Volvió a apoyarse sobre la pared, en su posición primitiva. Hizo como que anotaba algo en su libretita amarillenta. Lo miré con un desprecio infinito, proverbial. “Ojo, éste de acá al lado es yuta de civil”, le dije a P. (que volvía del baño) en voz alta fingida, para que el tipo me escuchara. Me di vuelta unos treinta segundos después, el tipo de azul había desaparecido. No lo volví a ver en toda esa tarde.

A los pocos minutos, un oficial de la Bonaerense vestida de negro muerte, que parecía un comisario, entró pidiendo por un familiar de Sabrina. Un muchacho que recién había entrado de fumar, que parecía la pareja de su madre, charló brevemente con él. Le pidió datos menores (comprobamos después con P, que acudió al instante) sobre Sabrina, que si era la hija del medio, que cómo le iba en la escuela, que si tenía muchos amigos. El oficial que parecía comisario estaba vendiendo noticias.

Cerca de las 14 hs, cada mirada se había vuelto una insinuación de guerra. El Fiscal no llegaba, la ansiedad crecía, la Bonaerense vestida de negro muerte había desaparecido casi en su totalidad de la Sala. Sólo quedaba un móvil de Policía Científica afuera, que fue desalojado a los pocos minutos por Gendarmería, que colocó unos conos naranjas en la calle sin emitir palabra. Los familiares y amigos de Sabrina ya habían copado el lugar. Sabrina tenía muchos amigos. Ni una bala de 9 mm. sirvió para desinflar su corazón.

V, el jefe de los gendarmes, recorría los pasillos enérgicamente y dialogaba con los dos hombres de Seguridad Ciudadana que había dejado el Intendente. También charlaba con el heroico P, le encomendaba tareas y le palmeaba la espalda.

La tensión irrefrenable se mantuvo hasta aproximadamente las 15 hs, cuando el Fiscal (que había estado en el colegio y posteriormente en los alrededores del barrio haciendo pericias y buscando pruebas) se hizo presente en la Sala. Charló en un cuarto cerrado con los familiares de Sabrina, primero; y con P. y algunos miembros más del equipo docente, después.

V, sin vacilar, sugirió despejar la Sala, y ordenó que el cuerpo docente retornara al colegio, donde prestarían las declaraciones pertinentes, junto con los vecinos que presenciaron el “tiroteo” y los efectivos de la primitiva Bonaerense que lo protagonizaron. Mientras tanto, el Fiscal esperaría al médico perital para, finalmente, trasladar el cuerpo al Hospital Morgue de Lomas de Zamora, donde se llevaría a cabo la autopsia.

El colegio rebalsaba de gendarmes que tomaban mate y hablaban entre ellos amigablemente, y de policías nerviosos, que se apoyaban en fila sobre el mostrador del kiosco, y respondían con miradas graves y perdidas a nuestras miradas curiosas, cargadas de presentimiento.

(Resultaba paradójico ver a tantos docentes enfrentados con tantos policías dentro de un colegio, y que esta vez, por una vez al menos, y bajo condiciones trágicamente extremas, los docentes saliéramos victoriosos.)

Se habían improvisado unas mesas para declarar en el patio cubierto. Afuera, en la esquina de Santiago de Chile y Grito de Alcorta, cada vez más medios de televisión se abalanzaban sobre el vallado organizado por Gendarmería. Sacaban móviles, charlaban con los vecinos, que gritaban y se indignaban. “El dolor sale como puede”, comentaba una maestra vieja, del lado de adentro. “A veces tarda, pero siempre sale”.

Recorrimos varias veces “la escena del crimen”, con algunos docentes, que estuvieron desde la mañana hasta casi la noche transitando ese proceso. La escuela siempre es el último bastión de la resistencia. Algunas cosas nunca cambian. “La bala entró por allá”. “Sabrina estaba parada acá”. “Tuvo que haber entrado por la medianera, en diagonal, desde la esquina”. “El portón no tiene agujeros”. “Una 22 no llega a cruzar todo ese trayecto”. “Si hubiera sido una 45, habría orificio de salida”. “Tuvo que haber sido una 9 mm”. “El móvil venía disparando desde esa misma esquina”.

No quisimos pecar de imprudentes. Pero no nos equivocamos en ninguna conjetura.

Más tarde, cerca de las 17 hs, el Fiscal regresó al colegio. (Habían trasladado a Sabrina al Hospital Morgue de Lomas de Zamora a eso de las 15.30 hs.) P. y yo lo abordamos, para sacarnos las dudas. Sus palabras fueron categóricas. “Hay que confirmar si la bala salió del arma de un policía”. “Encontramos una 22 en el auto de los delincuentes”. “Los casquillos encontrados cerca de la esquina pertenecen a un arma 9 mm, reglamentaria de la policía”. “En el segundo portón encontramos un plomo de una 45, pero no tenemos registro de ese arma”. “Tal vez sea de los delincuentes”. “Pero, repito, desconocemos la naturaleza de ese arma”.

Dijo, también, que había (hasta ese momento) seis policías sumariados y quince armas confiscadas.

Los policías no paraban de declarar, y los gendarmes no cesaban de tomarles declaración.

“Ése que está ahí es de Asuntos Internos”, me indicó P, señalando a un tipo de sobretodo negro. “La puta que se puso espesa la cosa”, agregó mientras terminábamos de tomar el enésimo café de la tarde.

Pasadas las 18 hs, un grupo de vecinos organizó una marcha a la vuelta del colegio, en la esquina de los Medios de televisión. Anduvimos por allí con P, al inicio de la misma. Luego ingresamos al colegio nuevamente. Se cerró el portón de rejas. Por seguridad. Por seguridad para la policía, claro. Los vecinos dieron la vuelta a la manzana, y a las 19 hs. se apostaron en la puerta del colegio, con el portón de rejas cerrado, pero la puerta interior abierta. Se encendieron las cámaras. Se montó el show. Los vecinos insultaban sin parar y con justa causa a los policías que iban terminando de declarar. La verdad estaba en el aire. Algunas preceptoras lloraban desconsoladamente. P. caminaba nervioso pero seguro, el representante legal del colegio hacía declaraciones a la prensa. Volví a la sala de profesores a seguir tomando café y a intentar consolar almas estalladas de dolor. Un policía, el del cruce de miradas del principio de esta historia, se me acercó lentamente, dubitativo:

- Necesito un televisor. 

- ¿Para qué necesitás un televisor?

- Me lo pidió el Jefe.

- Y decime, ¿el Jefe para qué lo necesita?

- Para ver cómo está el panorama afuera.

- No tenemos televisor, si "querés ver cómo está el panorama afuera", podés asomarte. 

Ése fue el último diálogo que un integrante del cuerpo docente mantuvo con un policía durante aquella fatídica y gris tarde de lunes.

Los policías bonaerenses, finalmente, y con toda su vergüenza manchándoles, zamarreándoles el uniforme, se retiraron a las 19.30 hs. por el portón trasero del colegio San José, el que está ubicado sobre Grito de Alcorta. El mismo portón por el cual se especulaba, al principio del día, que había entrado el balazo que no pudo dejar a Sabrina sin corazón.  



Facundo Di Cuollo