lunes, 23 de mayo de 2016

Aquí, allá y en todas partes (Paul en Argentina 2016)


Por Alejandro Di Donato y Facundo Di Cuollo


Paul estuvo entre nosotros. Con nosotros. Por tercera vez, luego de casi veintitrés años de su primera visita y seis de su segunda. Decir que volvió a deleitarnos es injusto si tenemos en cuenta la capacidad con la que logra mantenerse vigente y la manera en la que siempre renueva los espectáculos que brinda, gira tras gira.

Es un artista que saca a pasear sus canciones con lujo y elegancia, que las lleva por todas partes, las disfruta, las crea y las recrea, siempre en crecimiento constante, que no nos “vuelve a...” sino que siempre genera nuevas respuestas, nuevas emociones, cada vez más fuertes que las anteriores. ¿Pero cómo hacer para describir estas emociones sin caer en lugares comunes? ¿Cómo hacer para transformar en palabras lo vivido la noche del jueves 19 de mayo en el estadio Ciudad de La Plata?

Paul parece un tipo joven, más allá de los setenta y tres años que conlleva con distinción. Agarra el bajo, la guitarra eléctrica, entra en calor con rapidez a pesar de la gélida noche, luego se dirige al piano, toma la guitarra electroacústica, el ukelele, se sienta frente al teclado. Varía incansablemente. Toca solo, rodeado de los majestuosos músicos de su banda, asume la voz de mando, hace coros. Interactúa con el público, habla en español, en inglés, en una mezcla de ambos. Se esfuerza en demostrar que es un ser humano normal, de carne y hueso como cualquiera de nosotros, pero no lo consigue. Cada simple paso que da parece provisto de un misticismo único e irrepetible que no tiene otro fin que el éxtasis y el divertimento popular.

“Vanguardia es vigencia”, parece sugerir en cada visita transatlántica, Sir James Paul. Y entre intro e intro de cada tema -en un fluido y entretenido castellano-, nos pregunta “¿qué onda, che?”, nos cuenta sobre “tres conejos en un árbol”, sobre el primer tema que grabaron Los proto-Beatles, sobre las desventuras del Paul joven y su “amigo John”... Nos cuenta mucho. Y todo lo que no nos cuenta, nos lo canta. Y nos emociona. La frontera de expectativas se diluye prácticamente cuando nos encontramos con ese primer anochecer de un día agitado.

Luego todo sucede demasiado rápido, como en un sueño agradable, que nos deja con ese gusto dulce en la boca. El show se acerca a su fin y uno se pregunta que cómo puede ser, si empezó hace un ratito nomás. El tiempo se desvanece, se transforma en lágrima, en fascinación, en grito desbordado. Ya nada importa, sólo lo que se acaba de vivir. No importa la hora, el frío, la larga distancia que hay que atravesar para volver a casa. Al día siguiente también se trabaja, también se estudia, y sin embargo uno se pregunta cómo hacer para conciliar el sueño.


Por todo lo hecho y lo obtenido a lo largo de su carrera, tranquilamente Paul podría estar disfrutando de unas largas y merecidas vacaciones. Pero no, está acá, con nosotros, porque ama lo que hace, quizás más de lo que nosotros amamos lo que él hace. Cada vez que termina una canción alza el bajo, o la guitarra, bien alto, ofrece el instrumento de turno a la vista del público, de todos nosotros, en clara demostración de gratitud hacia la música. Lo repite canción tras canción, como en una especie de ritual a través del cual nos explica por qué aún está allí, arriba del escenario, sin intenciones de abandonarlo. Por qué, a pesar de todo el tiempo que supimos esperar este momento, se despide con un “hasta la próxima” y nosotros le creemos, completamente seguros de que cumplirá con su palabra.

La palabra no debida (Qué se dice, cuando se dice lo que no se quiere decir)


Por Karina Fuentes y Paula Daporta*


Equivocaciones, actos fallidos, furcios, chicanas, bromas. Inconscientes traviesos. Cinismos extremos.

Ya de entrada. En los festejos por los resultados de la primera vuelta presidencial, María Eugenia Vidal primereó con una frase que quedará para la historia "Cambiamos futuro por pasado...". En el cierre de campaña en Jujuy, Mauricio Macri nos anunciaba que se venía “la Argentina de trabajo y POBREZ…progreso para todos“

Siguieron otros. Ya como presidente en ejercicio en el medio del tarifazo, mientras se inauguraban en Quilmes obras públicas (realizadas por el gobierno anterior), Macri aseguró que estaba “intentando hacer lo MINIMO posible para tratar de que acompañemos todos juntos este proceso”. Ya envuelto (y desenvuelto por los medios de comunicación hegemónicos) en los Panama Papers nos decía mirándonos a los ojos a través de la pantalla de televisión que “Mañana me voy a estar presentando en la Justicia Civil, para APARENT… pedir una declaración de certeza”

No se requiere extensos conocimientos de psicoanálisis para relacionar estas diversas, múltiples y recurrentes situaciones con aquello que Freud llamó lapsus. Sospechamos que no se trata de simples coincidencias en las que se dice lo contrario a lo que se quería decir. Nada de picos de stress, de inexperiencias o de arrebatos. Hay discursos que se vuelven insostenibles, para quienes los pronuncian. Palabras que se escapan. Convicciones inhibidas que afloran involuntariamente, haciendo que el inconsciente brote mostrando los deseos reales, ocultos o reprimidos.

Los referentes del Pro vienen cometiendo reiteradamente este tipo de actos fallidos, en medio de discursos que distorsionan, confunden y ocultan. No es casualidad decir, lo que no se quiere decir. Más aún lo que parecería que se quiere ocultar. Sostenemos que estos episodios tienen un correlato con la deconstrucción y construcción política que se pretende (des) montar.

La derecha en nuestro país nunca antes había logrado aglutinar tanto consenso dentro de las reglas de juego democrático. Sabemos que el triunfo no fue político, sino de marketing. La banalidad política, los globos, las formas, el discurso zen, la autoayuda, la felicidad nombrada y anunciada dan los tonos del ritmo del decir actual.

Si analizamos el discurso “Pro”, encontramos una intencionalidad de confundir, divertir y distorsionar. Mezclan casi de manera sistemática temas serios con chicanas. Bajo la luz artificial del dialogo vacio no se responden preguntas y se excusa. Se aturde. Se bromea. No se toma en serio. El “esa te la debo” como registro de época. Hay un decir que se repite hasta el hartazgo. Y como única voz sonante, en la que todo el tiempo excusan inocencia, una no responsabilidad, mezclada con aires de grandeza. Esto, al tiempo del alejamiento de voces disidentes en los medios masivos de comunicación, refuerza un llamado a la no reflexión y aturdimiento.

Llega un punto en donde cabe la pregunta si realmente estamos frente a inoperantes que no pueden sostener un discurso coherente o verdaderos cínicos. Fácil y rápidamente concluimos que es un poco de ambas cosas, pero parte todo de una misma cuestión. No son capaces de interiorizar un discurso que claramente no les pertenece. Los intentos de tantos asesores no terminan de dar sus frutos. Los esfuerzos se terminan diluyendo en estos segundos de rebeldía del decir. Resistencias, que por ellos mismos comienzan.

Martiniano Molina confundiendo un tema de vialidad con un espacio de Derechos Humanos nos despeja dudas. Por confusión o cinismo, intencionalmente o no, todo suma a la estrategia discursiva. Desacreditar, negar o bromear es parte de un proceso en el que se busca vaciar de contenido procesos varios de lucha, memoria y sobre todo análisis de la coyuntura actual.

En tanto, nos encontramos frente a un programa político económico de transferencia de recursos hacia los que (siempre) más tienen, con una consecuente pérdida de derechos para el resto de la sociedad. Podemos pensar en un plan sistemático de exclusión. No hay puntada sin hilo. No hay lugar a dudas. Hay rapidez. Hay eficiencia. Hay experiencia previa. Hay saberes adquiridos. Hay una intencionalidad. Pero también hay palabras no debidas que se escapan.

Al sinceramiento económico, pareciera que le sigue un sinceramiento discursivo. Viene a decir la verdad. El lapsus deviene lo intencional. En la mentira del discurso zen, la palabra no debida.

No es que haya doble discurso. Lo que se dio fue un enmascaramiento de intenciones. Fue necesario para los grupos de poder real transformar sus verdades en discursos vacios para ganar las elecciones. El hacer esta en los hechos y acallados en el decir. Pero la palabra desobedece, se escapa. Porque la mentira no se puede sostener. Porque la palabra puede más.

Cuando pensamos en la palabra desde las diferentes trayectorias de lucha en el campo popular, la encontramos siempre íntimamente relacionada con la acción. La palabra en sí, como motor del hacer. La palabra apasionada, revolucionaria… hasta políticamente incorrecta.

Para la derecha, la palabra viene a paralizar. A convocar a la no acción, a la quietud, al bienestar y a la felicidad nominada. La felicidad se anuncia, se espera, se añora, se promete. Por eso la felicidad se espera y sobre todo se contempla en otros. No importa la obscenidad de la saturación del discurso autorizado por los medios de comunicación hegemónicos, tampoco su silencio. La palabra no importa. Importa la imagen construida. La política es publicidad políticamente correcta.

Esta modalidad discursiva opera generando una sensación de negación absoluta de la realidad, aun cuando la negación del decir se rompe en el acto fallido o chiste.

Podría pensarse que el significante vacio es el que habilita la construcción de hegemonía en esta fase de “neoliberalismo careta”. El no decir es el que crea la ilusión de un discurso universal. Hegemonía vacía, de oídos que no son sordos. Sino de ojos que son ciegos. No hay oídos edulcorados. Hay ojos que prefieren no ver. No existe “ver para creer”. Solo una necesidad imperiosa de creer. Deseo de ser y pertenecer. Sea cual sea el precio. Sean cuales sean las condiciones materiales que se afectan.

Frente al blindaje mediático y el llamado acatado a la dominación del hacer- no pensar, las estrategias de intervención tendrán de valerse de nuevas herramientas que intenten romper los mecanismos de defensa de estos inconscientes colectivos que se niegan a hacerse cargo de lo que lograron con ellos hacer. Tal vez los otros inconscientes nos den una manito… tal vez solo su hacer los reafirme. Tal vez el decir de lo que no se debe decir termine por hacer ver lo que no se quiere ver. 




*Para Blog de Lo Menos Pensado - Programa Radial. Lunes de 21 a 24 hs por www.radiobarbarie.com.ar

domingo, 27 de marzo de 2016

Felices los que creen en casualidades

Felices los que creen en casualidades

(Algunas palabras sobre la visita de Obama, los cuarenta años del golpe y los cien días ...)

Por Paula Daporta y Karina Fuentes

Partamos de la idea de que Obama no es un presidente más entre tantos. Partamos de la idea de que no vino en una fecha cualquiera del calendario. Partamos de la idea de que no somos originales, para nada. La visita de este o cualquier otro presidente de Estados Unidos despierta muchísimas resistencias en todas partes de mundo. Resistencias claras, definidas y particulares. Así como sus aplausos y reverencias. Historias, símbolos, resistencias, pactos… todo se pone sobre la mesa. No es un presidente más. No es una semana más. No es una coyuntura más. Felices aquellos que creen en las simples casualidades. Más que casualidades, algunos de nosotros venimos oliendo provocación y revanchismo. Ni bien ganadas las elecciones por el actual gobierno, tan solo al otro día, nos desayunamos con una editorial del diario La Nación. Editorial provocadora y poco inocente, despachándose con discursos caducos y revanchistas. En el medio, y con un definido hilo rojo que articula, desde Clarín se despacha con artillería de Marcelo Birmajer cuestionamientos sobre el Parque de la Memoria. Un rato antes, el presidente se negaba por cuestiones de agenda a recibir a organizaciones de Derechos Humanos, al tiempo que funcionarios de primera línea recibían a familiares de víctimas del terrorismo. Felices los que creen en casualidades. Nada es inocente, detrás (delante y por lo bajo) la necesidad de reactualizar la Teoría de los dos demonios, y de esa forma dejar fuera de análisis lo que llamamos conceptualmente genocidio argentino, la responsabilidad de los grupos económicos que son representados por el hoy presidente. ¿Y qué tiene que ver Obama con todo esto? Desde esta mirada simplista que se pregona y su consecuente lavada de cara de viejos conocidos, se diluyen responsabilidades varias, entre ellas el rol crucial y promotor que tuvo el país del norte en la última dictadura argentina. Felices los que creen en casualidades. ¿Que cada vez que viene un presidente extranjero se cuelgan banderas por doquier en un acto protocolar? Es cierto. Pero la obsecuencia y saturación de la bandera norteamericana es sublime. Aún a sabiendas de que en estos días esas calles estarían pobladas, en una ya anunciada multitudinaria marcha, personas y colectivos que entienden la influencia nefasta que tuvo esa bandera. ¿Falla de cálculo o previsión? ¿No se dieron cuenta? Felices los que creen en casualidades. Entendemos lo que acontece, como símbolos. Como parte de la provocación revanchista que viene desarrollando el macrismo. Una estrategia de globos y alegría que día a día se desenmascara dejando a la luz argumentos inválidos. Argumentos que son de clase y que no incluyen a quienes fueron su principal sostén para ganar las elecciones. Esa clase media indignada por los años kirchneristas. Argumentos de clase que cuestionan, tensionan y estigmatizan la ampliación de derechos lograda en la última década. Cuestionamientos que no son superadores. Muy por el contrario, en sus gestos y acciones se apunta a desmantelar lo logrado (mucho, poco según el lente que se mire), poniendo techo irrisorio a las paritarias, articulando un plan de despidos masivos, impuestazos y achicando capacidad de consumo. Arrancando así una rosca que sabemos, va derechito a la recesión. Felices los que creen en casualidades. Obama dijo estar impresionado por el trabajo de Macri en estos cien días. Nosotros también. El contraste de los años Nacionales, Populares y de Patria Grande (con todas las contradicciones posibles) con una plaza llena de banderas yankees es más que notorio. Contrasta el Nunca Más actuado y poco creíble de Macri en la abertura de las legistativas del Congreso, cuando a cuadras se reprimía a los trabajadores bancarios que se manifestaban. En el marco del protocolo de acción antipiquete, la detención de Milagro Sala, la baja impune y arbitraria de la ley de medios, el silenciamiento de voces disidentes en los principales medios de comunicación, se apunta a profundizar una supuesta grieta más que a emparcharla. Felices los que creen en casualidades y no ven que la grieta viene por otro lado. En algún momento nos quisieron hacer creer que la historia había llegado a su fin tras la caída del muro de Berlín. Que las insignias de clase habían terminado. No es casualidad entonces, que hoy hablemos de una grieta simbólica que tapa los abismos sociales. Pero la realidad es que de un lado estamos todos nosotros. Del otro, ELLOS. Ellos que no son más que el capital de siempre operando a través de empresas varias que son las que llevan el colonialismo de aquí para allá. Son los buitres y el capital financiero. Son Monsanto y la Barrik. El poder del capital globalizado hace confundirnos las caras con las coyunturas nacionales. Por eso en ese juego, es que cuestionamos la visita de Obama desde un sentido más profundo. Pensando en a quienes representa. Solo pensar en que Obama recorra, a 40 años del golpe militar, el Parque de la Memoria, nos llena de impotencia. Entendemos que se cruza el límite de lo simplemente provocador y revanchista, para entrar en un terreno mucho más complejo. No cuestionamos su visita, recorrido, fecha, solo por la historia que su país carga en sus espaldas. Cuestionamos por las invasiones digitadas a Irak y Afganistán por este Premio Nobel de la Paz. Por la vida de los latinos y negros allá en el primer mundo. Nos indigna porque existe Guantánamo. Felices los que creen en casualidades. La jugada está en desmantelar simbólicamente estos espacios de memoria, para revertir la sanación y consecuente politización que se conjugó en los últimos años. Volver a imponer el individualismo que acompaña todo proceso neoliberal. La sociedad tiene un trauma colectivo generado desde la dictadura, que se hizo carne con la teoría de los dos demonios. Esta explicación sobre el pasado reciente formó parte de la parálisis que generó el terror proyectado en los sobrevivientes a través del “por algo será” o el “algo habrán hecho”. En esa proyección se evitaba como sociedad preguntarse qué podría haberse hecho en términos de comunidad al término de la dictadura, por fuera de los grupos politizados que analizan la “derrota” colectiva pero también personal. En la sociedad se instala la noción de fracaso, acompañada por la derrota de Malvinas y la literatura del comienzo de la democracia. El fracaso a diferencia de la derrota, hace perder el sentido a la experiencia vivida y sentida. Nada debería haber ocurrido. Se genera el problema identitario de que nunca deberíamos haber sido quienes fuimos. En esa negación no se puede avanzar, porque impide relacionarme con el otro. Así gana el individualismo. Sino reconozco quien fui, no se quién soy. Esto pensando a nivel colectivo favorece a que se articulen relaciones desde la desconfianza e impotencia. Así vivieron las generaciones mayores a la nuestra la salida de la dictadura, de manera individualista, insegura, desconfiada e impotente. Así, mientras el modelo neoliberal nos llevaba a mirar culos en la tv y autos de carrera sin preguntarnos nada más. El kirchnerismo viene a romper con ese trauma, porque reconocen la derrota, a los compañeros caídos. Hacen bajar los cuadros, se generan centros de la memoria, se abren los juicios, se les da su lugar a madres y abuelas. La sociedad intenta sanar y politizarse nuevamente. Las críticas siguen siendo muchas aun a este proceso, sobre todo desde los compañeros de la izquierda. Pero no puede negarse un momento dialécticamente superador. Un momento de relectura y complejización en el análisis que hace la sociedad toda, no solo los claustros académicos. Con el simbolismo que tienen los números redondos, a 40 años del golpe este proceso parece truncarse al son del “se termina el curro de los Derechos Humanos”. Felices los que creen en las casualidades, pero tengamos en cuenta que no es solo una provocación Obama en el Parque de la Memoria, es un plan para volver a la lógica de la guerra, de los dos demonios. Volver al viejo discurso del fracaso, reactualizado en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo islámico, para así enterrar nuevamente a la sociedad en el trauma de la confusión. Así, al ritmo de “Yo no soy un ñoqui” y el estigma de la “grasa militante” se da paso al individualismo del sálvese quien pueda, necesario para el neoliberalismo que se viene. Felices los que creen en las casualidades. Pero nosotros no creemos en casualidades. Habrá resistencias, las de siempre, las que nunca se fueron. Porque no los vencieron. Pero habrá más. Porque como ellos, nosotros deberemos reinventarnos. Somos casi 300.000 los que llenamos la plaza ayer. Nuestra Plaza. Somos miles, los que nos emocionamos, los que no olvidamos, no perdonamos, y no nos reconciliamos. Los que vimos durante horas entrar columnas, los que cruzamos miradas, consignas y compañerismo. Por todo esto y lejos de revanchismos, aclamamos aún siendo infelices por no creer en casualidades, lo que grita la gran Claudia Korol: “Sigamos andando, nuestra venganza es vivir y seguir soñando”.

domingo, 1 de febrero de 2015

Ismael: Crónica de una muerte reiterada



Ismael Sosa tenía 24 años. Se lo llevó la policía el sábado último, mientras el recital de La Renga comenzaba en Villa Rumipal, durante los cacheos previos, cerca de las 21 hs. Ese “cachondeo” siniestro que tanto les gusta a los policías y eventuales agentes de seguridad. Esa ceremonia ritual represiva en la que el abuso de poder está permitido, casi legitimado. 

Fue con la novia al recital, Ismael. Ella pasó el control y siguió adelante, empujada por la vorágine previa y la masa de gente enajenada. Ismael se quedó atrás, tal vez quejándose porque algún policía lo tocó de más, o lo verdugueó impertinentemente, como para no perder la costumbre. 

Cuando ella se dio vuelta, Ismael ya no estaba. Había desaparecido. Como en la oscuridad de nuestro pasado reciente, casi. Podemos saber que algunos transeúntes preguntaron a los agentes de seguridad adónde lo llevaban a Ismael, ya ensangrentado y notablemente golpeado. “Lo llevamos a curarse”, habría respondido algún oficial, víctima de un sadismo infinito. 

Otra chica que por ahí pasaba, entre tantas, tampoco había superado el “control” de la puerta. “Andate porque se están llevando gente, acá”, le advirtieron, mientras empezaba a quejarse. “Mirá, pendejo, que el lago es grande”, amenazaron a otro detenido eventual, como una declaración de principios en los horrores de un presente cercano.

Había gendarmes, también. Muchos. Por las dudas, al final del recital, cuando paradójicamente la tensión había disminuido, la policía de infantería ya “pegaba de a cuatro” y disparaba balas de goma. Se calcula que hubo entre 15 y 20 detenidos. Algunos fueron liberados, otros aún continúan en cautiverio legal, y algunos desaparecieron. Como Ismael, quien curiosamente fue encontrado, días después, muerto en el lago de Embalse Río Tercero. 

La misma noche de su desaparición, Victoria, su novia, salió a buscarlo. Recorrió comisarias y hospitales. (Lo buscó tanto que hasta perdió el micro de vuelta hacia Buenos Aires, que finalmente partió sin ella, a las cinco de la mañana del domingo) 

Pero nada. A Ismael se lo había tragado la tierra. O el agua. 

Su hermano Facundo también viajó desde Buenos Aires, desde el Oeste, a buscarlo. A averiguar sobre su paradero. Se apersonó en la Comisaría de Río Tercero. No le quisieron tomar declaración. Cuando preguntó “por qué lo retuvieron”, le esquivaron la pregunta. Se comportaban raro. Como si tuvieran algo que esconder, tal vez. 

Durante las horas subsiguientes a la búsqueda de Ismael, Facundo fue perseguido, “cargoseado” correspondientemente por la policía en territorio cordobés. Operación de rutina. 

Finalmente, el jueves, la familia de Ismael Sosa fue notificada por la Fiscalía de Río Tercero. Habían encontrado un cuerpo. 

El cuerpo de Ismael, “el rockero de la bicicleta”. Un cuerpo joven que lleva, hoy, las cicatrices, los golpes y los ultrajes de un aparato policial represivo hasta el paroxismo, amparado (por acción u omisión) por el Estado y el sistema judicial. 

Los nombres pasan, las víctimas se actualizan. La Historia oscura se repite, periódica, incansable, como la condena de Sísifo que se proyecta una y otra vez sobre nuestra rebeldía joven.

Quizá sea hora, entonces, de una vez por todas, de empezar a cambiar la Historia. 






jueves, 13 de noviembre de 2014

Las Tardes

Las tardes


¿De quién serán las tardes cuando dormimos? La luna florece como un tímido bostezo que nos dibuja en colores, pero colores que se apagan lentamente y nos llevan a un mundo secreto y cálido. La atmósfera enmudece y las palabras quedan allí, flotando en una nube incierta y perecedera. ¿Y si los planes debieran ser secretos? ¿Y si todo fuera un pacto implícito y taciturno? Tal vez deberíamos fluir junto a las aguas providenciales, dormir y soñar y despertarnos y vivir. Tal vez en lo inconexo estén las respuestas, esas que fingimos no buscar pero que buscamos implacablemente, esas que a veces duermen la siesta como nosotros. Y esta búsqueda es promisoria, y de a ratos se torna inevitable. Y las preguntas surgen como surgen las palabras, y quizás duerman en las mismas nubes. Pero nunca lo sabremos, y quizás lo cruel sea eso, saber que se agitan encima de nosotros en sincronía cómplice, viéndonos dormir y soñar y despertarnos y vivir, viéndonos buscarlas incansablemente, y divirtiéndose como si jugaran a las escondidas. Y nosotros, que somos como dos niños, contamos hasta cien y las buscamos, y a veces encontramos una escondida ingenuamente, y cuando empezamos a creer que por fin estamos por ganar, siempre aparece alguna, y piedra libre para todos mis compañeros, y a esconderse nuevamente y nosotros a contar. Y así pasan las tardes, nuestras tardes, y así es como nos empeñamos en vivir y soñar al mismo tiempo. Con las piernas entrecruzadas y los labios resecos.





Alejandro Di Donato

jueves, 11 de septiembre de 2014

Manos de Marfil

Desplazo mis dedos sobre tu cuerpo y te acaricio lentamente, sintiendo la más maravillosa música jamás interpretada. Te recorro sigilosamente, en busca de bemoles y sostenidos, de armonías arquitectónicas, de melodías imposibles.

Te beso con mis manos, nota por nota, acorde por acorde, improvisando -como casi siempre-, persiguiendo la incomprensión de las composiciones heterodoxas, dejando los prejuicios de lado. Tus sonidos me atrapan. Tus notas me sumergen en un mar de futuro, como si salieran de tu alma con el simple propósito de mantenerme buceando en ese océano calmo y tempestuoso, breve y eterno.


Y mis manos sin tu cuerpo no existen, y tu cuerpo sin mis manos no suena. Y ambas juegan sin miedo, expresándose, descubriendo sonidos tiernos y oscuros a la vez, y así sucesivamente, siempre soñando con alcanzar la perfección, con lograr una obra maestra digna de tu belleza romántica.


Alejandro Di Donato

miércoles, 27 de agosto de 2014

Sabrina

- ¿Todo bien, Sabrina? -le pregunté el sábado a las 14 hs, palmeándole el hombro, suavemente. 

- Todo bien, Profe -me sonrió con toda la boca abierta.

Aquel sábado por la tarde, Sabrina estaba encargada de manejar el dinero en un festival de cine a beneficio de los alumnos que viajarían a Mar del Plata para participar de las Olimpíadas de Matemática. (Más tarde, L. me comentó que ella estaba infinitamente contenta, por la responsabilidad que acarreaba la tarea que se le había asignado)

El lunes siguiente, a las 9.44 am, Sabrina tenía una bala alojada en su corazón. Algunas personas son así, reciben todo con el corazón, sin importar de quién, ni de dónde provenga.
La bala provenía de afuera. La bala provenía de la calle, de la policía, más precisamente, que jugaba al far west con unos ladrones armados con pistolas de rayo láser y armas de última generación, por eso debía ser que disparaba tanto.

Nadie supo que Sabrina tenía una bala alojada en su corazón (o en su pulmón izquierdo, nada importa, ya) hasta que la revisaron en la Sala de Auxilio Vecinal. Dejó su sangre en el colegio, Sabrina. Dejó la sangre de su corazón. Siempre creí que lo más valioso que uno tiene, y que uno puede dejar a los demás, el sacrificio máximo, es su propia sangre.

Me avisó C. de lo acontecido cerca de las 11.45 am, justo en el momento en que los medios empezaban a mostrar lo sucedido, mezclando nombres de un colegio con imágenes ilustrativas de otro. Delicias de vivir en el Conurbano Bonaerense. Deduje lo peor, entonces. En ese mismo instante, hablé con P. y me lo confirmó: “Imaginate el peor de los escenarios. Bueno, ése.”

Habían llamado al SAME, después de lo del balazo. Pero el SAME no llegaba, y Sabrina escupía sangre y casi no respiraba. Y., quien trataba fervientemente de reanimarla, la cargó en la camioneta. P. la acompañó, junto con M. L. La llevaron a la Sala de Auxilio Vecinal. El SAME se acopló después allí.

En menos de quince minutos estaba en la Sala de Auxilio Vecinal. No me tocaba estar ese día en el colegio, por eso no estaba allí desde antes. Sospecho, ahora, que muchos no debíamos estar ahí ese lunes. El frío era intenso, inmenso, y la llovizna azotaba en el pecho como un látigo de hielo.

Me volví para el colegio, que queda a cuatro cuadras de la Sala, a buscar la mochila de P, que se comportaba casi como un héroe a medida que las horas corrían en su arena y la tensión se acrecentaba. Cinco, seis camionetas-móviles de medios televisivos se apostaban alrededor del colegio, que como colmena atraía a las moscas que debían ser abejas. Me saqué de encima a varios de esos fabricantes de indignación. Hablé con M. L, que tenía los ojos llorosos y me decía que era una desgracia, que había llegado la Inspectora y lo único que pedía eran papeles. “Papeles, siempre papeles”, me quedó resonando como un eco involuntario.

En el patio cubierto estaba un rectángulo delimitado con una cinta de peligro alrededor de un par de sillas, y en el patio descubierto, casi al pie de la escalera, debajo del techito, había delimitado otro rectángulo similar. Mucha gente caminaba por allí dentro, muchos policías bonaerenses vestidos de negro muerte se paseaban por el escenario, convulsionados y nerviosos. Crucé la mirada con uno. Nos dijimos todo sin decirlo. Las cosas más graves y directas suelen decirse sin palabras, con el silencio (Más tarde en la tarde, cuando la tarde moría, volvería a cruzármelo, a causa de un pedido insólito que luego detallaré oportunamente)

En mi convulsionado regreso a la Sala, luego de esquivar infinidad de moscas que me observaban restos de miel y se me abalanzaban (me comentaron que, antes de que yo llegara al colegio, sacaron a una a los empujones por volar por donde no debía), la escena presentaba a P. cubriendo heroicamente la puerta detrás de la cual descansaba el inmaculado cuerpo de Sabrina junto a algunos de sus familiares, los que desgraciadamente ya se habían enterado.

De un lado, Sabrina. Del otro, la Policía Científica Bonaerense vestida de negro muerte. En el medio, casi bajo el umbral de la puerta, P. impidiendo el paso. Al instante se sumó S, simulando ser abogado o algo por el estilo. Y también me sumé yo, que recién llegaba con la mochila al hombro, a cada momento más pesada. “Hace falta el oficio judicial. Sin oficio, yo no te puedo dejar pasar”, le decía P, enardecido e inexorable. “Es urgente que nos la llevemos, Señor, el oficio se lo puedo alcanzar después..”, ensayaba el oscuro bonaerense, sin saber con quién estaba hablando. El final de aquella conversación, en palabras de P, fue lapidario: “No, no te puedo dejar pasar, ¿y sabés por qué? Porque no se me canta dejarte pasar. No vuelvas a hablarme hasta que no vengas con el oficio”

Las cartas estaban echadas, ya. Un arroyo de serpientes corría por debajo de la superficie de la sala. Más temprano había estado el intendente. Sabrina era lo más importante, ahora. Todo acto engendra sus consecuencias. El intendente dejó encargados a dos agentes civiles de Seguridad Ciudadana (que “sólo molestaban”, según un oficial de la Bonaerense vestido de negro muerte), y que al instante se sumaron a la lucha de P, que también era la mía. La nuestra. A eso de las 12.30 apareció V, el Jefe de los gendarmes, con el pulso acelerado y la tonada correntina inevitable. “Acá no pasa nadie, se espera hasta que venga el Fiscal”, les dijo a tres gendarmes que tenían prohibida la palabra, pero utilizaban a la perfección el lenguaje de sus rostros. Los tres gendarmes (mujer – hombre – mujer) se apostaron frente a la puerta que protegía el acceso a la habitación donde Sabrina descansaba.

Eran las 13 hs, y P. aún permanecía ensangrentado. Tenía manchado el pantalón casi en su totalidad, un poco la camisa y algo la cara, la frente y las manos. Le había hecho maniobras de resucitación a Sabrina, antes de que supiera que tenía una bala alojada en su corazón. “Me voy a cambiar”, dijo. Me miró. “Andá tranquilo, yo me quedo”, le sugerí con la mirada. Me paré al lado del trío de gendarmes, que parecía que iban a decir algo que finalmente nunca decían, ni dijeron. Al lado mío había un tipo vestido de azul, con ojos grandes, y con una libretita que le sobresalía del bolsillo. Se había juntado más gente en el lugar, los familiares de Sabrina se iban enterando y venían a la Sala a velar por ella. Mientras tanto, una enfermera rubia, exuberante y de rulos (probablemente del SAME), subía y bajaba de la camioneta de la Policía Científica Bonaerense. El tipo de azul y ojos grandes se me acercó: “Perdón, ¿usted quién es?”, me interrogó sin más ni más, en voz baja pero determinante y poco amigable. “¿Para qué quiere saber eso? Usted debería decirme quién es, primero.”, le respondí sin pensar demasiado. El tipo de azul y ojos grandes, parecido a Michael Moore, giró la cabeza, miró hacia afuera y no me respondió. Volvió a apoyarse sobre la pared, en su posición primitiva. Hizo como que anotaba algo en su libretita amarillenta. Lo miré con un desprecio infinito, proverbial. “Ojo, éste de acá al lado es yuta de civil”, le dije a P. (que volvía del baño) en voz alta fingida, para que el tipo me escuchara. Me di vuelta unos treinta segundos después, el tipo de azul había desaparecido. No lo volví a ver en toda esa tarde.

A los pocos minutos, un oficial de la Bonaerense vestida de negro muerte, que parecía un comisario, entró pidiendo por un familiar de Sabrina. Un muchacho que recién había entrado de fumar, que parecía la pareja de su madre, charló brevemente con él. Le pidió datos menores (comprobamos después con P, que acudió al instante) sobre Sabrina, que si era la hija del medio, que cómo le iba en la escuela, que si tenía muchos amigos. El oficial que parecía comisario estaba vendiendo noticias.

Cerca de las 14 hs, cada mirada se había vuelto una insinuación de guerra. El Fiscal no llegaba, la ansiedad crecía, la Bonaerense vestida de negro muerte había desaparecido casi en su totalidad de la Sala. Sólo quedaba un móvil de Policía Científica afuera, que fue desalojado a los pocos minutos por Gendarmería, que colocó unos conos naranjas en la calle sin emitir palabra. Los familiares y amigos de Sabrina ya habían copado el lugar. Sabrina tenía muchos amigos. Ni una bala de 9 mm. sirvió para desinflar su corazón.

V, el jefe de los gendarmes, recorría los pasillos enérgicamente y dialogaba con los dos hombres de Seguridad Ciudadana que había dejado el Intendente. También charlaba con el heroico P, le encomendaba tareas y le palmeaba la espalda.

La tensión irrefrenable se mantuvo hasta aproximadamente las 15 hs, cuando el Fiscal (que había estado en el colegio y posteriormente en los alrededores del barrio haciendo pericias y buscando pruebas) se hizo presente en la Sala. Charló en un cuarto cerrado con los familiares de Sabrina, primero; y con P. y algunos miembros más del equipo docente, después.

V, sin vacilar, sugirió despejar la Sala, y ordenó que el cuerpo docente retornara al colegio, donde prestarían las declaraciones pertinentes, junto con los vecinos que presenciaron el “tiroteo” y los efectivos de la primitiva Bonaerense que lo protagonizaron. Mientras tanto, el Fiscal esperaría al médico perital para, finalmente, trasladar el cuerpo al Hospital Morgue de Lomas de Zamora, donde se llevaría a cabo la autopsia.

El colegio rebalsaba de gendarmes que tomaban mate y hablaban entre ellos amigablemente, y de policías nerviosos, que se apoyaban en fila sobre el mostrador del kiosco, y respondían con miradas graves y perdidas a nuestras miradas curiosas, cargadas de presentimiento.

(Resultaba paradójico ver a tantos docentes enfrentados con tantos policías dentro de un colegio, y que esta vez, por una vez al menos, y bajo condiciones trágicamente extremas, los docentes saliéramos victoriosos.)

Se habían improvisado unas mesas para declarar en el patio cubierto. Afuera, en la esquina de Santiago de Chile y Grito de Alcorta, cada vez más medios de televisión se abalanzaban sobre el vallado organizado por Gendarmería. Sacaban móviles, charlaban con los vecinos, que gritaban y se indignaban. “El dolor sale como puede”, comentaba una maestra vieja, del lado de adentro. “A veces tarda, pero siempre sale”.

Recorrimos varias veces “la escena del crimen”, con algunos docentes, que estuvieron desde la mañana hasta casi la noche transitando ese proceso. La escuela siempre es el último bastión de la resistencia. Algunas cosas nunca cambian. “La bala entró por allá”. “Sabrina estaba parada acá”. “Tuvo que haber entrado por la medianera, en diagonal, desde la esquina”. “El portón no tiene agujeros”. “Una 22 no llega a cruzar todo ese trayecto”. “Si hubiera sido una 45, habría orificio de salida”. “Tuvo que haber sido una 9 mm”. “El móvil venía disparando desde esa misma esquina”.

No quisimos pecar de imprudentes. Pero no nos equivocamos en ninguna conjetura.

Más tarde, cerca de las 17 hs, el Fiscal regresó al colegio. (Habían trasladado a Sabrina al Hospital Morgue de Lomas de Zamora a eso de las 15.30 hs.) P. y yo lo abordamos, para sacarnos las dudas. Sus palabras fueron categóricas. “Hay que confirmar si la bala salió del arma de un policía”. “Encontramos una 22 en el auto de los delincuentes”. “Los casquillos encontrados cerca de la esquina pertenecen a un arma 9 mm, reglamentaria de la policía”. “En el segundo portón encontramos un plomo de una 45, pero no tenemos registro de ese arma”. “Tal vez sea de los delincuentes”. “Pero, repito, desconocemos la naturaleza de ese arma”.

Dijo, también, que había (hasta ese momento) seis policías sumariados y quince armas confiscadas.

Los policías no paraban de declarar, y los gendarmes no cesaban de tomarles declaración.

“Ése que está ahí es de Asuntos Internos”, me indicó P, señalando a un tipo de sobretodo negro. “La puta que se puso espesa la cosa”, agregó mientras terminábamos de tomar el enésimo café de la tarde.

Pasadas las 18 hs, un grupo de vecinos organizó una marcha a la vuelta del colegio, en la esquina de los Medios de televisión. Anduvimos por allí con P, al inicio de la misma. Luego ingresamos al colegio nuevamente. Se cerró el portón de rejas. Por seguridad. Por seguridad para la policía, claro. Los vecinos dieron la vuelta a la manzana, y a las 19 hs. se apostaron en la puerta del colegio, con el portón de rejas cerrado, pero la puerta interior abierta. Se encendieron las cámaras. Se montó el show. Los vecinos insultaban sin parar y con justa causa a los policías que iban terminando de declarar. La verdad estaba en el aire. Algunas preceptoras lloraban desconsoladamente. P. caminaba nervioso pero seguro, el representante legal del colegio hacía declaraciones a la prensa. Volví a la sala de profesores a seguir tomando café y a intentar consolar almas estalladas de dolor. Un policía, el del cruce de miradas del principio de esta historia, se me acercó lentamente, dubitativo:

- Necesito un televisor. 

- ¿Para qué necesitás un televisor?

- Me lo pidió el Jefe.

- Y decime, ¿el Jefe para qué lo necesita?

- Para ver cómo está el panorama afuera.

- No tenemos televisor, si "querés ver cómo está el panorama afuera", podés asomarte. 

Ése fue el último diálogo que un integrante del cuerpo docente mantuvo con un policía durante aquella fatídica y gris tarde de lunes.

Los policías bonaerenses, finalmente, y con toda su vergüenza manchándoles, zamarreándoles el uniforme, se retiraron a las 19.30 hs. por el portón trasero del colegio San José, el que está ubicado sobre Grito de Alcorta. El mismo portón por el cual se especulaba, al principio del día, que había entrado el balazo que no pudo dejar a Sabrina sin corazón.  



Facundo Di Cuollo